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29-12-2007

Así pasó el Personal Fest


Imagen de 'Así pasó el Personal Fest'

Así pasó el Personal Fest

El viernes.

Lo primero que hay que hacer antes de meterse de lleno en la reseña de un festival como el Personal Fest es una advertencia: no se puede ver todo. Algunos shows se superponen y, desgraciadamente, el ser humano todavía no puede estar en dos lugares al mismo tiempo, por más buena voluntad que ponga. Ante esta situación, la decisión que hay que tomar es la siguiente: ¿Ver shows completos, o chusmear un ratito cada uno? En TuBlip nos parece que la primera opción tiene más sentido. No nos gusta mucho andar a las corridas.

El viernes, entonces, arrancamos temprano viendo el show de Diosque en el escenario Motorola, el único escenario techado. En vivo, Juan Román traslada las canciones de su disco I Can Cion a un formato de banda. En lugar de estar solo tocando la guitarra y el sampler, suma integrantes a una formación más clásica y hace versiones completamente distintas de sus temas. Es, como dijo alguna vez, casi una banda de covers de él mismo. Menos ruido, menos caos, más prolijidad.

Una vez afuera, escuchamos que desde el escenario Personal Mania sonaba el riff de Are You Gonna Go My Way? de Lenny Kravitz. Eran los mexicanos de Moderatto, que apenas ponen un pie en el escenario te apabullan con un cliché rockero atrás del otro, de una manera tan consciente y exagerada que es imposible no sonreír. Más tarde hicieron un cover del que para mi es el mejor tema de Cristian Castro, ese que dice "No podrás olvidar / que te amé / como yo nunca imaginé", y definitivamente se ganaron mi simpatía. Qué temazo.

Antes de que terminara Moderatto fuimos a tomar posición al escenario Personal Motorola porque no queríamos perdernos ni un instante del debut del puertorriqueño Tego Calderón en nuestro país. Para eso tuvimos que resignar a los Dandy Warhols, que nos generaban curiosidad, pero tomamos la decisión basándonos casi exclusivamente en la actualidad de cada uno (y también un poquito en la antipatía que le producen los Dandys a cualquiera que haya visto el documental Dig!, no lo vamos a negar). Y valió la pena, porque Tego la rompió.

Con un dominio absoluto de la situación, Calderón hizo y deshizo a su anotojo, dejando de lado la violencia de sus discos para brindar un show mucho más relajado y amigable. Sobre las bases lentas y pegajosas que tocaba su banda, el puertorriqueño deslumbró con la fluidez de su fraseo, su voz grave y su encantador acento, meciéndose de un lado para el otro con la naturalidad con que una hoja se cae de un árbol, hipnotizando al público y generando un cariño que no solo fue mutuo sino instantáneo. Tego se metió a la gente en el bolsillo sin necesidad de apelar a la demagogia, al punto que le tiraron una camiseta argentina y ni siquiera la mostró. No le hace falta, le alcanza con su talento. Luego se despidió, deseando "Pah y Amol". Ojalá que vuelva. 

De ahí volvimos al escenario Motorola para ver a los noruegos de Datarock. Durante la prueba de sonido vimos como Fredrik Saroea no terminaba de agarrarle la vuelta al teclado, y eso se notó en los primeros temas de su show, pero luego el sonidista movió las perillas correctas y todo marchó perfectamente. Datarock vendrían a ser algo así como los hermanitos quilomberos de The Rapture, más caóticos y fiesteros, más irresponsables, más pendejos. Suben al escenario con equipos de jogging rojo como los de Ben Stiller y sus hijos en la peli de los Tenenbaums, hacen pasitos de baile, se tiran de cabeza entre el público para bailar en el medio del show, en fin, son unos aparatos, y son realmente muy divertidos. Entre Madchester y la New Rave, entre lo analógico y lo digital, Datarock llegó sin hacer demasiado ruido y se fue como una de las sorpresas del festival.

Después vimos un ratito a las hermanas CocoRosie en el Escenario Arnet, que no se muy bien por qué siguen encasilladas dentro del nuevo folk si no tienen absolutamente nada que ver con Devendra Banhart. Quizás sea porque suelen chillar mucho como Johana Newsom. Pero lo suyo suena más a cajita de música que a folk campestre, la verdad. Desgraciadamente no pudimos ver el show completo, pero sí vimos la prueba de sonido, así que sumando las dos cosas nos hacemos una idea. Sobre el escenario había un piano, una persona que hacía los beats con su boca (o sea, un "human beatbox") y, claro, Sierra y Bianca cantando e intercambiándose instrumentos como flautas, arpas, walkie talkies o lo que fuera. Muchos recursos para una personal propuesta de pop soñador y fantasioso.

Dejamos a CocoRosie para volver al Personal Mania a ver a los franceses Phoenix, que sonaron ajustadísimos. Todo es elegancia y prolijidad en esta banda. Los 5 usan camisas adentro del pantalón y zapatos, andan bien peinados, y seguro que dicen "por favor" y "gracias". Escriben con lapicera de pluma y usan papel secante. Siguiendo la línea de su último disco, sonaron como unos Strokes mil veces más pulcros, como si hubieran ido a un colegio pupilo y los hubieran disciplinado. Incluso en los momento de más furia, cuando Thomas Mars se pone a gritar desaforado, dan la sensación de tener todo calculado. Sin ir más lejos, esos pasajes ruidosos terminan siempre con un silencio total, repentino y milimétrico. Gente obsesiva, podrían haber sido arquitectos.

Con el show de Phoenix terminado nos trasladamos una vez más al escenario principal, a esperar que saliera Snoop Dogg. Para nuestra sorpresa, B Real de Cypress Hill seguía sobre el escenario. Llegamos justo cuando prometió volver al país con el resto de la banda. Desde lejos, el recital parecía entretenido, con varios hits uno atrás del otro. No puedo dejar de mencionar la cantidad de público que estaba ahí para verlo. El crecimiento del Hip Hop en el país es muy llamativo. ¿Cuánta gente hubiera ido a ver a B Real hace 5 años? ¿Y a Snoop Dogg?

En la espera para ver a Snoop Dogg pasó de todo. Después de una hora y media en la que el rapero no salía, empezaron a circular algunos rumores ("¡todavía está en el hotel!") y a escucharse los clásicos silbidos de fastidio. Y cuando desde el escenario parecía que la espera terminaba, vino lo peor: la estampida. Miles de personas corriendo desesperadas sin entender qué era lo que pasaba, saltando vallas con cara de pánico y gritando cosas como "hay un arma de fuego", que no hacían más que contribuir a la paranoia general. Unos 10 minutos después, sin ninguna explicación y con la mitad de la gente afuera del predio, Snoop Dogg salió al escenario como si nada hubiera pasado. Al otro día trascendió que el detonante había sido una pelea que terminó con un apuñalado en el Hospital Rivadavia.

"CHK CHK". El primer sonido del show fue un arma cargándose. Que mal gusto Doggy, ponete las pilas. De todas formas, con el correr de los temas los ánimos se fueron calmando y el rapero mostró sus dotes de mega-estrella mundial. El tipo es tan alto y tiene tanta presencia que cualquier escenario le queda chico. Y también, como toda estrella, es un poco caprichoso y tiene un ego gigantesco. Más de una vez hizo cortar la música para escuchar el "Olé olé olé olé, Snoop Dogg, Snoop Dogg", o para pedirle a las chicas que subieran al escenario a bailar "Gasolina" ("Culo, culo", repetía como un nene). Lo mejor estuvo al comienzo, cuando se olvidó del público, salió con los tapones de punta y se dedicó a repasar sus clásicos sin respiro. Después le pintó la reunión social y ya se volvió medio pesado. Seguro es de esos que se quedan en los bares hasta que los echan.

Y así pasó el día uno, entre el cariño de Tego, la sorpresa de Datarock, la elegancia de Phoenix y la presencia de Snoop Dogg. Viéndolo así, hubo para todos los gustos.

El sábado.

El sábado hubo que tomar decisiones desde el principio. A las 17:15 tocaban los mendocinos de Fauna y a las 17:20 El Mató A Un Policía Motorizado. Como el día estaba medio feo y los Fauna son más bien veraniegos, nos fuimos al escenario principal a ver como abrían los platenses, aunque con un poco de cargo de conciencia. Fue una buena decisión. El Mató salió al escenario con una formación súper expandida que incluía 3 guitarras, 1 teclado y 2 baterías. Distribuidos a lo largo del escenario daban una muy linda imagen de pandilla amigable. Definitivamente terminaron de agarrarle la mano a los escenarios grandes, llenando todo de distorsión, melodías, colchones espaciales y coros a tres voces. Sorprendió ver a mucha gente entrando al predio a las corridas para no perderse ese comienzo.

Luego nos dirigimos a la isla para ver a Victoria Mil y su post-punk-pop. Fue un show bastante similar al que vienen dando, con 3 adelantos de lo que va a ser su nuevo disco que sale en Marzo y pinta muy bien. Por ahora se destaca El Oro, una tema muy veraniego y manchesteriano, para bailar tomándose un trago servido en un coco. Es increíble como cada vez que sacan un disco tienen una canción que es mejor que todas las anteriores. En su último disco era Ying Yang. Pero ahora El Oro les pasa el trapo a todas.

Cuando salimos de la isla no teníamos muy en claro cuál iba a ser el próximo destino, hasta que de pasada por el escenario principal alguien dijo "¿Quién es ese? ¿Ricardo Montaner?". Era Monkey Business, cuyo cantante efectivamente era muy parecido a Montaner, la misma edad, el mismo peinado, todo vestido de blanco, como si fuera un show en el Casino de Punta del Este, y no sólo eso, sino que el guitarrista era igualito a Joaquín Galán de Pimpinela. Hacían una música muy grasa 80s, y el falso Montaner le ponía una garra que conmovía. El público al principio estaba un poco frío, pero cuando lo vieron hacer el pasito del robot se volvieron locos y acompañaron con baile hasta el final. Una risa.

Más tarde, sin que nos diéramos cuenta, nuestra premisa de ver shows enteros se desvirtuó por completo. Así fue como chusmeamos un rato el de Dancing Mood, viendo como Flavio subía de invitado a tocar el contrabajo con la banda de Hugo Lobo, paseamos entre Spinetta y Ed Motta, que peleaban por ver quién tenía los músicos más virtuosos (fue gracioso por lo paradójico el momento en que el brasilero agradeció al público y dijo "Es un honor para mi tocar al mismo tiempo que el maestro Luis Alberto Spinetta", y la gente lo ovacionó, pero me parece que muy fanáticos del flaco no eran, porque sino hubieran ido a verlo), vimos como Dante y Valentino subían a tocar con su padre una versión muy guitarrera de Ana No Duerme, con rapeo incluido, y finalmente descansamos un rato para encarar el show de los Happy Mondays con toda la energía.

Y lo de los Mondays fue hermoso. Con Kinky Afro ya sonando, Shaun Ryder y Bez salieron al escenario de la mejor manera: uno con su campera de cuero, muy sindicalista, se paró al lado de la batería y ya no se movió más, mientras que el otro, decidido, fue hacia la pasarela con sus maracas y no dejó de bailar en todo el recital. Están viejos y decadentes, Shaun no se puede mover y Bez es un payaso ("Ya estás grande, nene", le diría mi tía) pero son los Happy Mondays, ellos son los auténticos decadentes, y cuando suben al escenario logran que las canciones te sigan dando ganas de agarrar unas maracas y de bailar como un idiota. Qué emoción.

Todavía con la sonrisa en la cara, nos movimos hasta el escenario Motorola para ver el soul deforme de Jamie Lidell, que dio el show más raro del festival, por afano. Primero, sorprendió armando un corralito de teclados, laptos y sintetizadores. ¿Dónde va a meter a la banda?, nos preguntábamos. Respuesta: no hay banda. Sólo Jamie. Jamie y un duende con una máscara y una capa roja que distribuía cámaras por el escenario y editaba y proyectaba video en tiempo real sobre la pantalla de atrás. Lo molestaba, le metía camaritas en el micrófono, le estaba encima, y él como si nada, como si fuera un amigo imaginario que el público no veía. Cuando se metía dentro del corralito, el británico hacía todo tipo de ruidos con su micrófono, que luego procesaba con su arsenal tecnológico, generando una maraña de sonidos que de tan deforme bordeaba lo abstracto. Pero de repente salía, se paraba bien al frente, y se dedicaba a cantar a los gritos con su voz privilegiada, mientras sus máquinas le hacían de banda. Que tipo raro este Jamie Lidell. El show más intrigante y atrapante de todos, por lo misterioso.

Y así llegamos al final de la noche, con el show de Chris Cornell, que a juzgar por la cantidad de remeras de Soundgarden que había en el Club Ciudad, era el plato fuerte. ¡El grunge no murió! Con pocos temas de sus discos solistas, unos cuantos de Audioslave, muchos clásicos de Soundgarden y unos covers bien tribuneros (Whole Lotta Love de Led Zeppelín y The End de The Doors), Cornell dejó a todos sus fans explotando de felicidad y esperando por la vuelta.


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